Deja de Culpar y Comienza a vivir por Cristo

por Obispo Michael G. Duca

Antes de ser Obispo de Shreveport, fui el Rector de un seminario en Dallas. Cada año daba la bienvenida a seminaristas nuevos que querían discernir su vocación al sacerdocio. Por lo regular, todos llegaban con ideas refrescantes y a veces idealistas, comprometidos pero también con algunas ideas ingenuas sobre la formación del seminario. Una de estas ideas era que como el seminario es un lugar santo y solo por ser ya seminaristas viviendo en el seminario que no tendrían ya ninguno de los problemas de tentaciones que los molestaban en su vida anterior. Es verdad que el seminario es un lugar santo, igual que lo es la Iglesia, por la presencia de Cristo en la Eucaristía en el tabernáculo, pero su entendimiento de lugar santo era diferente, rodeado de magia. Con frecuencia necesitaba enseñarles que el seminario sería un verdadero lugar santo solo cuando nosotros, los seminaristas y la facultad  fuéramos santos en la manera de vivir nuestras vidas. Cuando luchamos cada día por pensar como Cristo y vivir el amor de Cristo en nuestra comunidad del seminario, entonces el seminario se convierte en un verdadero lugar santo.

Ya hemos entrado a la Cristiana temporada del Adviento y estamos esperando con ansias la celebración de la Navidad, el Nacimiento del Señor. Esta temporada del año es única porque nuestra  observación sobre lo religioso de la temporada de Adviento y la Navidad corresponde  también a una observación seglar de la Navidad y la temporada de vacaciones.

Al enfrentar las tensiones entre lo seglar y lo religioso sabemos que tratamos de mantenernos espiritualmente enfocados. Solo que aunque queramos mantener a Jesús como la “razón de la temporada,” somos continuamente jalados a las actividades más mundanas y seglares. Culpamos a tantas cosas por esta tensión. Decimos que estamos tratando de vivir las exigencias de nuestro “ideal” individual de lo que debería ser la Navidad, formada por nuestra historia, etnias, tradiciones, experiencias de niñez, nuestros hijos, las ansiedades de dar el mejor regalo y así nos seguimos. Culpamos nuestra sociedad consumista que nos dice que necesitamos gastar más. Lamentamos que nuestros hijos son muy materialistas. Hasta culpamos al mismo Presidente Barack Obama. Basta. Basta. No encontraremos respuestas a nuestro estrés existencial culpando  algo o alguien. La respuesta a nuestra búsqueda de redescubrir el gozo y la esperanza de las temporadas de Adviento y Navidad es la misma de siempre, Jesús, Luz del Mundo.

Cada una de estas cosas son verdaderas para nosotros, excepto  tal vez la de culpar al Presidente Obama, pero esto no es lo que nos causan estrés. Lo que nos causa estrés es el saber que hemos fallado en poner a Cristo como el centro de nuestras temporadas de Adviento y Navidad. No todo lo de nuestra idea de una “Navidad ideal” es malo. De hecho, todos los aspectos peculiares de nuestra Navidad “ideal” contienen tradiciones maravillosas de la familia, chistes de familia y calor familiar en un mundo donde tanto está siempre cambiando. En nuestra oración deberíamos ver que todo el esfuerzo en crear estas tradiciones familiares es un acto de amor y reflejan el amor de Cristo para nuestra familia.

Cuando estamos frustrados con la manera que el mercado parece no respetar el verdadero significado la de Navidad, deberíamos tomar un respiro profundo en oración y recordar que el mercado no abriría las tiendas en Día de Gracias si no fuéramos nosotros a comprar. Las tiendas y centros comerciales crean el horario que nosotros buscamos y si queremos que la manera de nuestra sociedad seglar cambie y trate la Navidad diferente, necesitamos vivir como creyentes en Jesús que nació en Navidad.

Cristo cambió el mundo viviendo y enseñando Su Buena Nueva de amor de Dios. Nos ordenó que nos amáramos los unos a los otros así como Él nos amó. Jesús fue testimonio del amor que él predicó, o sea el amor que se da por el pobre, por el hambriento, el abandonado el prisionero, el inmigrante, el marginado y el amor que siempre busca servir y no ser servido. Él nos dejó esta maravillosa revelación proponiendo no imponiendo. En efecto, la manera en que la Palabra de Dios entró en el mundo no fue en una exhibición de poder soberano, sino como un niño, sin ningún poder, invitando a todos a ir a verlo. La manera que como creyentes encontramos nuestro camino en este mundo lleno de confusión es invitando a la Luz del Mundo, el Niño de María a nuestros corazones y renovando nuestro compromiso con nosotros mismos a ser Sus discípulos de amor. No es la responsabilidad del mundo seglar de traernos el verdadero espíritu de Navidad al mundo; sino que  es nuestra responsabilidad de llevar el verdadero espíritu Navideño, siendo testimonios de Cristo, que es la Luz del Mundo. Como les decía yo a mis seminaristas, la Iglesia, nuestra parroquia, nuestro mundo será verdaderamente santo cuando, nosotros, los discípulos de Jesús estemos viviendo en santo compromiso, tomando la mente y el corazón de Jesús.

Que la paz de Cristo reine en sus corazones esta Navidad y traiga consigo gozo renovado y esperanza en sus vidas. ¡Feliz Navidad!

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