Seminarista Para Visitar Nicaragua

En la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe me iré de misión a visitar algunas de las personas más pobres de Nicaragua. Todo el año he estado esperando la oportunidad de regresar y de nuevo entrar a sus vidas difíciles y compartirles la Buena Nueva de Jesus. No salgo hasta el 12 de diciembre, pero en muchas maneras este viaje empezó hace varios meses atrás en la ciudad de México.

Durante una de mis varias peregrinaciones a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, me arrodillé debajo de la tilma de San Juan Diego, y vi la bellísima cara de nuestra Santísima Madre. Estaba decepcionado por mi progreso lento y difícil en aprender el español y entender la cultura Mexicana, y con fervor oré por su intercesión. ¿Cómo podía ser un misionero exitoso si no podía hablar el idioma, ni entender las vidas y necesidades de la gente? Me sorprendí cuando mi oración fue respondida de una manera simple y poderosa.

Viendo a su imagen milagrosa, me acordé que María vino a este Nuevo Mundo con el Hijo de Dios en su vientre. Dentro de ella, el Sagrado Corazón de Jesus latía junto con el de ella. Ambos corazones ardían con el mismo amor apasionado por Dios y por todos Sus hijos. Cuando el sacerdote en el altar levantó la hostia consagrada, vi la imagen de la Madre de Dios, parada sobre la luna, eclipsando el sol, vestida en las estrellas del cielo, inclinada con humildad y oración, viendo a Jesus en la Eucaristía con mucho amor.

Fui a México a aprender como cambiar vidas.  Ese momento cambio la mía. Nuestra Señora de Guadalupe me mostró como Jesus quiere que todos nosotros lo llevemos a Él a las vidas de los que más lo necesitan, quienes sean, a pesar de nuestras inseguridades y pocas habilidades. Nuestro amor por Cristo es suficiente. Su fuerza es suficiente para nosotros. Estoy seguro que mi vida cambiará de nuevo en Nicaragua cuando, con amor ardiente en mi corazón, lleve a Cristo en la Eucaristía a algunos de Sus hijos más necesitados. En su manera, me traerán a Jesus a mí también. Celebraré el cumpleaños de mis cuarenta y cuatro años en sus casas este año, ¡y no podría pedir un regalo mejor!

por Jerry Daigle, Jr., Seminarian

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